Tierras Ubérrimas

18 de julio del 2016

La paz en Colombia debe hacerse pensando en las víctimas y no en los víctimarios.

La semana pasada realicé un viaje corto a tierras donde confluyen los departamentos de Córdoba, Sucre y Antioquia, una de las regiones más fértiles de nuestro país, donde las haciendas ganaderas se extienden por miles y miles de praderas de una belleza sobrecogedora. No fue por mera casualidad que alguien allí quisiera bautizar su latifundio con el nombre de El Uberrimo pues significa tierra de abundancia. Eso es lo que se palpa en el viaje entre Montería y Caucasia, ¡abundancia!.

Entre Caucasia y Puerto Libertador las condiciones cambian un poco, aparecen serranías bajas y la calidad de la tierra disminuye, por lo menos en apariencia porque allí lo que es productivo, no es el suelo, sino el subsuelo, rico en hierro y níquel. El municipio de Montelíbano, por ejemplo, alberga una de las minas a cielo abierto más grandes de sur américa, la de Cerro Matoso, y en los municipios del bajo Cauca, El Bagre y Tarazá la minería del oro combina todas las formas de extracción, legales e ilegales.

Sin embargo en estas tierras de prodigio se concentraron las acciones violentas de los grupos armados y paramilitares, convirtiendo a la región, donde mandaba Castaño y Mancuso, en uno de los territorios más violentos de la guerra en Colombia. Los desplazamientos masivos, las masacres y las violaciones a los derechos humanos se dieron y se dan todavía en abundancia en medio de tanta riqueza. Para recordarnos todas las infamias que vivieron sus habitantes se encuentran en las goteras de Montería asentamientos de desplazados en condiciones de extrema pobreza.

Viviendas subnormales construidas con retazos de materiales, sin pavimento ni servicios públicos, son un contraste doloroso con los barrios ostentosos de los barrios ricos de la capital de Córdoba. En Puerto Libertador, municipio vecino a Cerro Matoso, la energía llega con intermitencias permanentes en medio de una pobreza generalizada. Las víctimas del conflicto hacen fila en la alcaldía, esperando una ayuda que llega a cuenta gotas o con la ilusión de recuperar sus tierras o al menos su capacidad de trabajar para sobrevivir en medio de la abundancia ajena.

Con todo esto uno no puede sino reflexionar sobre la paz, esa que se negocia en La Habana y se torpedea en Colombia. Una persona como José Feliz Lafourrie que sostiene que la ley de restitución de tierras es una amenaza para la paz porque genera inestabilidad para los tenedores de “buena fe”, probablemente está pensando en los dueños riquísimos de estas praderas, pero no en los desplazados, en esa gente humilde a la que la violencia convirtió en los nuevos pobres de la grandes ciudades.

Estas son las inequidades que dejó la guerra y por eso cuando dicen que la paz en Colombia debe hacerse pensando en las víctimas y no en los víctimarios se refieren a comunidades y territorios como estos, en los que hay que reparar e indemnizar a los campesinos antes que a los combatientes.

Sin embargo, los grandes propietarios siguen convencidos de su lógica, amparados en gremios como Fedegan que se atraviesan como mulas muertas en la restitución de las tierras. Su raciocinio es que los territorios productivos deben ser para los que tienen recursos para hacerlos más productivos, sin importar de qué manera llegaron a sus manos. En cambio, los que no tienen recursos, así fueran propietarios, ahora deben hacinarse en torno a ciudades prósperas en busca de una limosna o un empleito mal pagado, pero ni pensar en que retornen a las tierras prósperas de donde fueron desplazados.

Más impresionante que la belleza de este territorio, es la indolencia con que los poderosos miran la condición en la que viven las víctimas del conflicto. El contraste hace precisamente que sea más clara la inequidad y quede patente la necesidad de una paz desde allí, desde las veredas que fueron testigo de las atrocidades de la guerra. La otra, la negociación para dejar las armas y volver a la civilidad en la Habana, será duradera si se soporta en un cambio estructural que busque crear algún día justicia social en tierras regadas con sangre de gente humilde, como estas del bajo Cauca de Córdoba, Sucre y Antioquia.

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