Todos en la misma barca

24 de diciembre del 2010

Me desconecté de las noticias del desastre que ahoga a Colombia. Me informo lo necesario para saber que el país no se ha hundido del todo y sigo de largo. Por lo que veo con mis ojos el tiempo cambia y eso me alegra. Pueda ser que el veranillo no refunda en el olvido a los que están enterrados en el pantano.

Siento en carne propia el dolor de quienes no tenían nada y quedaron rematados y de los que tenían algo y lo perdieron. También sufro por los propietarios arrastrados por esta borrasca de todos los demonios aunque no queden arruinados. Es dolor por donde se le mire.

Me desconecté de las noticias por razones prácticas. No puedo hacer nada ante la situación por impotencia y porque no es del caso salir como loco a funcionar sin que nadie indique lo que se debe hacer para ayudar. Por más que se quiera no todo el mundo puede ayudar.

Hasta donde observo el gobierno debe responder con más entidad. Soy solidario con el Presidente Santos en quien recae la responsabilidad de contener y superar esta tragedia. Todos estamos en la misma barca. Lo que él o sus delegados digan y hagan debe ser y nada más porque donde muchos opinen y encaminen acciones por su cuenta el caos es mayor.

Sobran los consejos que sueltan al desgaire personajes de campanillas que no son ni el Jefe del Estado ni están facultados por él para soltar a los cuatro vientos sus ocurrencias. La situación exige planes rigurosos, disciplina y método en la acción.

No se trata de presionar al gobierno ni acosarlo ni criticarlo. Me imagino que tiene organizadas las ideas y está procediendo en consecuencia. Para bien de todos lo mejor es confiar en su criterio y en su liderazgo. Ayudar en lo que diga y darse la bendición para que los planes funcionen. El tamaño de los acontecimientos es descomunal.

Como en las circunstancias del país escribir de otros temas resulta despistado hago estos comentarios que me parecen de interés.

Es bueno que a la población le informen más sobre la respuesta que se está dando al desastre y menos sobre el desastre mismo. Tanta desgracia como la que tenemos a la vista más la que traen de encima las noticias enferma hasta desquiciar. Por ejemplo las predicciones sobre la posible prolongación de las lluvias durante meses derrotan el ánimo y no sirven tanto como las que traen esperanza aunque sean inventadas. Igual las predicciones nunca dan en el clavo porque también son inventadas.

Debe tenerse cuidado con el equilibrio psíquico del público porque la magnitud de los acontecimientos es tal que desborda la capacidad de reaccionar de las personas y de asimilar dolor y al menor descuido termina produciendo miedo y depresión. Profesionales en la materia deben ayudar a encauzar las comunicaciones para generar actitudes positivas y reforzar la capacidad de asimilación y reacción de las comunidades.

Si la población sabe más sobre las estrategias y acciones para conjurar los daños se tranquiliza, asume actitudes proactivas y da impulso a la solidaridad y al coraje. Tanto mejor si recibe instrucciones paso a paso sobre lo que debe o puede hacer para mitigar el sufrimiento.

En el manejo de la crisis es fundamental la calidad de las comunicaciones de los líderes con la comunidad. Nada de discursos ni conferencias ni palabras rimbombantes. En tono de conversación que lleven el hilo ininterrumpido del contacto con la gente para orientar las energías sociales en sentido constructivo.

No es momento para recriminaciones ni para buscar culpables ni de amenazar ni de castigar ni de azotarse. Es momento de reaccionar y de actuar. Entre más se involucre población a la respuesta mejor para que se sienta que es el conjunto de los colombianos los que atienden el desafío. Separar de este lado las víctimas y del lado de allá los rescatistas es mala idea. Aquí no hay nadie que no sea damnificado y no debe haber nadie que no sea héroe.

Abro los ojos sobre la urgencia de crear sistemas para el trámite de ayudas y la adjudicación de contratos. Los torrentes de dinero que circularán serán tan desbordantes como las aguas que desatan las lluvias. Si se anarquiza la tarea social y esos dineros se fugan hacia destinos incompetentes codiciosos o corruptos, el país no podrá con la carga de la tragedia y tal vez no se recuperará en generaciones.

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