Un busto de mujer

3 de febrero del 2011

El pasado 24 de enero, poco antes de que el pueblo se revelara contra Mubarak, el gobierno egipcio le solicitó a Alemania que le devolviera el maravilloso busto policromado de la reina Nefertiti, esposa del faraón Akenatón que gobernó Egipto en el siglo XIV A.C. La pieza, una de las más singulares efigies femeninas en la historia del arte que está en el Neus Museum de Berlin, fue sacada de su país de manera un tanto turbia tras haber sido comparada por un comerciante en 1912. Es muy posible que la petición de reintegro no halle eco, y menos como están las cosas, pero si se produjera una devolución se establecería una suerte de jurisprudencia internacional y se abriría camino la restitución de bienes patrimoniales que por conquistas, guerras, regalos, hurtos o compraventas se exhiben en lugares, por lo general del primer mundo, diferentes de aquellos a donde pertenecen.

Sin ir más lejos, los Mármoles del Partenón se encuentran en una sala con idénticas proporciones a las del edificio original pero que, en vez de estar en Grecia, se halla en el British Musem de Londres a donde fueron llevados, con el afán de protegerlos contra los turcos que ocupaban Atenas, por el conde de Elgin, embajador británico en Constantinopla, cuyo entusiasmo por las antigüedades griegas lo llevó a saquear La Acrópolis con el permiso del sultán de turno.


Nefertiti. Neus Museum, Berlín

Los ejemplos de desvalijamientos abundan. Para citar unos pocos casos, hay retablos del Medioevo español en el Victoria & Albert Museum de la capital británica; el obelisco de la plaza de La Concordia en París, al parecer, fue cambiado en 1831 por Mohammed Alí, gobernador de Egipto, por un reloj que nunca funcionó; en el Museo del Louvre se encuentra, entre otros varios suvenires egipcios, el famoso Zodíaco de Dendera requisado en 1820 cuando el país del Nilo no le daba demasiada importancia a los tesoros locales; en Berlín hay auténticas joyas de la arquitectura griega, romana y mesopotámica, altares, puertas y palacios fundidos en los muros, pisos y columnas del extraordinario Museo de Pérgamo. Fruto de saqueos o de negocios no siempre santos, las paredes de los principales museos exhiben lienzos que se esfumaron, por muy diversas causas, de los entornos en donde fueron concebidos. En varias colecciones alemanas, francesas y norteamericanas hay obras maestras de la cerámica precolombina y  algunas estatuas agustinianas.

Entre las erosiones patrimoniales es preciso mencionar la más relevante para Colombia: la mitad, más o menos, del tesoro Quimbaya le fue obsequiado a la reina Cristina de España por el presidente Carlos Holguín, como agradecimiento por un laudo fronterizo favorable, y reposa hoy en el museo de América en Madrid. A pesar de que está resguardado y bien exhibido, no deja de ser una lástima que se haya ido, sin embargo cabe preguntarse: ¿Qué pasó aquí con la otra mitad del tesoro, del cual sobrevivieron apenas unas pocas piezas? La ninguna claridad que hay al respecto incita a una reflexión que no deja de ser paradójica: tal vez lo que, a todas luces, fue una bobería, o quizás una “lagartada” presidencial, terminó por proteger, lejos del territorio, un bien patrimonial de profunda importancia. Aunque parezca una contradicción, lo anterior hace pensar, para retomar el tema del principio, en ¿cuál sería el estado del busto de yeso de Nefertiti de haberse quedado en Egipto?, o si ¿en medio de las guerras de independencia griega los mármoles se habrían resguardado con el mismo empeño con que lo ha hecho el Museo Británico?

Aunque las posibles respuestas de ninguna manera justifican los saqueos artísticos, no hay duda de que algunos exilios han contribuido a la conservación de piezas que de otro modo se hubieran perdido. Ya se verá que pasa cuando la tranquilidad vuelva a Egipto pero, hoy en día, cuando hay conciencia de la importancia patrimonial, sería equitativo que los bienes culturales, y sobre todo los más significativos, regresen a aquellos entornos a los cuales pertenecen. Ojalá la evolución de la conciencia internacional, la cooperación entre los países y un evidente sentido de la generosidad favorezcan muchas repatriaciones que además de anheladas son justas.

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