Un peligro en los jets

4 de julio del 2012

Todavía estoy de vacaciones y he estado a punto de perderlas. En la mitad de un viaje largo una aerolínea extranjera me dejó encerrado con unas 80 personas en un avión en pista mientras pasaba una tormenta eléctrica. ¡Por dos horas! Imagine ciento veinte minutos de su vida perdidos en atestada clase turista viendo llover […]

Todavía estoy de vacaciones y he estado a punto de perderlas. En la mitad de un viaje largo una aerolínea extranjera me dejó encerrado con unas 80 personas en un avión en pista mientras pasaba una tormenta eléctrica. ¡Por dos horas! Imagine ciento veinte minutos de su vida perdidos en atestada clase turista viendo llover por la ventana sin poder abrir, por paranoia antiterrorista, la puerta del avión. Eso me pasa, me dirá algún amigo, por no viajar en primera pero no creo que causara mucha diferencia con lo ocurrido horas más tarde.

Al aterrizar finalmente en San Francisco, California, después de ocho horas sentí un dolor súbito e intenso sobre la ceja izquierda. Al otro día desperté con abundante secreción nasal. Cuarenta y ocho horas después tenía fiebre alta, dolor en todo el cuerpo, gran malestar general y sorprendentemente conjuntivitis. El diagnóstico era claro: había salido de Colombia sano y había adquirido una influenza viral en el jet de marras.

También había olvidado la célebre cita, que no es de Mark Twain como se repite frecuentemente: “Algunos de mis peores inviernos han sido veranos en San Francisco”. Las bajas temperaturas y el no haber llevado abrigo de primavera contribuyeron a la explosiva replicación del virus en mi cuerpo. Me sentía mal, mal de verdad, pero sabiamente decidí no asistir al sistema de salud norteamericano. Sabiamente digo pues seguramente me habrían hospitalizado, probablemente las cosas habrían empeorado y la cuenta sería enorme. Suponiendo que la enfermedad era viral me dispuse a aguantar “a lo macho” seis días de enfermedad. Y sobreviví. Tomé esta arriesgada conducta vigilando no empeorar más allá de lo usual ni presentar disnea, ahogo. No es lo recomendado pero estoy convencido que parte de nuestros problemas del sector salud radican en el uso y abuso del sistema de consultas y urgencias. Si uno puede vigilarse a sí mismo y aguantar puede esperar unos días. Fue mi decisión entonces observar mi evolución clínica sin desespero. Apoyado claro en mi esposa que es médica. Y no culpo a nadie sino al avión y a mi mismo por no vacunarme este año.

Mi última influenza viral fue hace año y medio. La vacuna que me coloqué después de aquel episodio fue la del 2010-2011. El año pasado no me coloqué el refuerzo, que sería la correspondiente al período 2011-2012. Quienes trabajamos con pacientes y en hospitales, los mayores de 60 años, quienes tienen enfermedad respiratoria crónica o compromiso del sistema inmune y quienes viajan frecuentemente añadiría yo debemos mantener al día nuestra inmunización contra el virus de la influenza. Error mío no haber cumplido el esquema recomendado de vacunación. Muy probablemente me contagié en el avión con un virus prevalente en el invierno inmediatamente pasado, enero o febrero de este año, no cubierto por mi última vacuna 2010-2011.

Quienes preparan la vacuna contra la influenza viral intentan predecir las mutaciones del microorganismo año tras año. Ya que la mayoría de las epidemias ocurren en el invierno boreal durante cada verano y otoño del hemisferio norte se ofrece al público una nueva vacuna intentando proteger contra esas nuevas mutaciones. Una vacuna o refuerzo del año pasado, como la que yo no me coloqué, serviría para el período 2011-2012. La de agosto de este año será útil durante 2012-2013.

Aun así puede infectarse uno con variantes que la vacuna no ha anticipado. Y el virus muta continuamente con grandes cambios impredecibles o pequeñas variaciones antigénicas. La revista Science publicó una semana antes de mi episodio varios artículos (Science 22 June 2012: Vol. 336 no. 608) y un editorial llamando la atención sobre los peligros de las futuras mutaciones del virus de la influenza. Lo más que uno puede hacer es vacunarse jugando a la lotería biomolecular de intentar adivinar las variaciones del microorganismo año tras año.

Pues los adultos también debemos vacunarnos. En la cama y enfermo por mi imprevisión me puse a averiguar el tema descubriendo un problema actual: otra enfermedad, la tosferina, ha venido aumentando de frecuencia en la población no infantil y además de extremadamente molesta puede ser peligrosa. En inglés la llaman tos de los cien días. Un pariente me contó que se había desmayado dos veces, una vez con moretón en la cabeza, durante los ataques de tos. Además existe el grave peligro de contagiar a los niños no vacunados. Contra la tosferina hay vacuna (se incluye en la llamada triple viral) y los adultos debemos colocarnos refuerzos a la inmunización obligatoria en la infancia.

Sobre el peligro de adquirir influenza en un avión hay un estudio clásico (Am J Epidemiol. 1979 Jul;110(1):1-6) con 20 de 22 pasajeros contagiados. No sé que pasó con mis otros compañeros de vuelo pero consulte con su médico sobre las vacunas recomendadas para adultos antes de viajar.

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