Una verdad a medias

21 de enero del 2015

“La violencia contra la mujer sigue siendo una realidad dentro y fuera de la guerra.”

Pobreza en el Chocó

Jamaica, Colombia y Santa Lucía son, según el último informe publicado por la Organización Internacional del Trabajo, OIT, los tres países del mundo con el más alto porcentaje de mujeres en cargos directivos. Esta esperanzadora y positiva noticia ocupó los titulares de los diferentes medios del mundo -tras la tensión y el rechazo colectivo ante los atentados ocurridos en París en los pasados días- que celebraron estos resultados como una prueba exitosa del avance que han tenido los países en términos de equidad de género. Sin embargo, vale la pena profundizar sobre si estos resultados realmente demuestran mejoras significativas en la sociedad.

Unas horas antes de conocer esta noticia, leí un artículo titulado “Manual para esclavizar mujeres”, que muestra una realidad quizá no opuesta pero sí simultánea, a la que enseña el estudio de la OIT. En éste se describe la brutalidad de la guerra y la forma como mujeres y niñas son violentadas sin importar el bando en el que estén. Con ejemplos concretos el autor muestra cómo los guerrilleros de las Farc explotan y tratan de una forma inhumana a las mujeres y niñas que hacen parte de sus filas. Abortos forzados, violaciones y contagios de enfermedades venéreas, son algunas de las realidades a las que se ven expuestas. En el artículo también se publica un aparte del Manual de Preguntas del grupo terrorista ISIS sobre la forma en que los militantes deben actuar cuando capturan a las mujeres. Atrocidades como las anteriores hacen parte de las instrucciones que reciben los nuevos reclutas.

La violencia contra la mujer sigue siendo una realidad dentro y fuera de la guerra

La evidencia global es clara: una de cada tres mujeres ha sido víctima de violencia sexual. ¡Una de cada tres!  El 98% de las víctimas de explotación sexual forzada son mujeres; el 53% de las mujeres latinoamericanas sufren algún tipo de violencia de género; 603 millones de mujeres viven en países donde la violencia doméstica no es considerada un crimen. Mientras estas cifras sigan siendo una realidad, no podremos hablar de un progreso real y sostenible de la mujer en el mundo.

En Colombia, el segundo país con mayor porcentaje de mujeres en cargos directivos, las cifras no pueden ser más aterradoras: en un día 245 mujeres son víctimas de algún tipo de violencia; cada tres días una mujer es asesinada, y cada hora dos se convierten en víctimas de abuso sexual. Estos hechos demuestran que la inequidad de género, aparte de ser una vergüenza, esconde algo peor que es la violencia de género.

La equidad de género suele ser una realidad en mayor proporción según las clases sociales. Lo más probable es que las mujeres que pertenecen a sectores de mayores ingresos económicos tengan más oportunidades laborales y sean menos vulnerables a la violencia de género. Caso distinto a las mujeres de los sectores más pobres.

Hace algunos meses me preguntaron sobre el futuro de las niñas en Colombia, a lo que respondí que para ser una persona en desgracia en el país debes cumplir solamente dos requisitos: ser niña y ser pobre. Porque si eso se cumple, lo más seguro es que sea enlistada en las filas de las Farc, o sea esclava sexual de las autodefensas, o abusada sexualmente, o sea madre adolescente, o víctima de violencia física, o simplemente todas las anteriores.

Cada vez es mayor la evidencia sobre el poder transformador cuando se invierte de manera sostenida en niñas y mujeres, en su educación y en defender sus derechos. Un país crece, cuando sus mujeres crecen. Solo un año adicional de educación secundaria incrementa las ganancias futuras de una niña entre el 15% y 25%. En un país como Kenia eso significa que el PIB podría incrementar £3.4 billones, casi 10%, si las 1.6 millones de niñas del país completaran su educación secundaria y las 220 mil madres adolescentes no quedaran embarazadas a temprana edad.

Las mujeres reinvierten el 90% de sus ingresos en sus familias y comunidades; madres con 1 a 3 años de escolaridad reducen la mortalidad infantil en un 15%; cuando una niña ha estudiado por más de siete años, se casará cuatro años después y tendrá 2.2 menos hijos. Cuando un 10% más de niñas cursan educación secundaria, la economía del país aumenta en un 3%.

La transformación social duradera y sostenida se da cuando se invierte en mujeres y niñas. El impacto económico es de inmensas proporciones. Recientemente leí un informe donde afirmaba que Brasil incrementaría su productividad a más de US$35 billones anuales si las adolescentes retrasaban su embarazo hasta después de los 20 años, mientras que India incrementaría su productividad en US$7.7 billones adicionales.

Una niña que culmina la etapa escolar se convierte en una mujer que es capaz de identificar los riesgos y es consciente de las habilidades con las que cuenta para salir adelante siendo menos propensa a permanecer en una relación de pareja violenta. El pasado 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer, Naciones Unidas realizó diferentes campañas con el objetivo de visibilizar la violencia contra las mujeres, sin duda necesarias, aunque esfuerzos insuficientes para acabar el problema pues son los gobiernos los que deben comprometerse para hacer frente a este flagelo y acabarlo.

Es cierto que actualmente hay más mujeres en cargos directivos y es fundamental para cerrar las brechas de género, claves para el desarrollo de nuestras naciones, pero nada estaríamos haciendo si mujeres y niñas de estratos socio económicos bajos, que son la mayoría, siguen siendo víctimas de las más grandes atrocidades.

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