Tomás Eloy Martínez

Uno de los grandes problemas de la literatura latinoamericana ha sido el de justificar escribir obras producto de la imaginación en una realidad más impredecible y fantástica de lo que puede llegar
Uno de los grandes problemas de la literatura latinoamericana ha sido el de justificar escribir obras producto de la imaginación en una realidad más impredecible y fantástica de lo que puede llegar a ser cualquier novela. Algunos dicen que no vale la pena escribir ficciones históricas en países donde la realidad las supera cotidianamente. Otros dicen que cualquier ficción, por absurda que sea, resulta más verosímil que la inverosímil historia de este absurdo continente, y que por eso la literatura es la única que ofrece a los lectores la oportunidad de enfrentarse a algo manejable y comprensible. Tomás Eloy Martínez, sin embargo, no tomó partido en este viejo debate y en cambio, incorporó ambas opiniones a la paradoja general latinoamericana, caricaturizándolas y estudiándolas en sus novelas con asombrosa elegancia. En una de ellas, llamada Santa Evita, Eloy cuenta la vida de una de las mujeres más emblemáticas de la Argentina a través de la historia de los avatares de su cadáver embalsamado, duplicado y rotado durante veintiséis años por todos los rincones del país. El argumento hace honor al delirio que exigimos a nuestra propia historia, pero no deja de ser una reflexión concreta y aterrada de nuestra esquiva identidad y nuestros delirios de grandeza. Eloy no se resigna a dejar de lado sinsentido cotidiano, pero tampoco se resigna a no escribir novelas de tema histórico, y así ha logrado una síntesis que pocos han sabido imitar y que muchos han sabido leer provechosamente. Muchos dicen que tal habilidad proviene de su experiencia periodística, que sin duda fue larga e interesante. Eloy fundó y rescató periódicos en varios países del continente, estableció cátedras latinoamericanas en varias universidades, fue miembro activo de la Fundación García Márquez, dedicada a buscar una nueva manera de hacer un periodismo apto a la realidad en que vivimos. Y de ese modo, Eloy pudo adentrarse como pocos a los rincones más secretos de la idiosincrasia colectiva, y reconstruirlos claramente en sus novelas, labor por la cual fue apreciado en vida, y sigue siendo apreciado hoy, un año después de su muerte (en esta misma semana el Hay Festival le rinde un honor especial), y lo seguirá siendo mientras sigamos viviendo en esta historia de novela.
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